La Ley del Mercado

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Carmen tiene setenta y dos años. Ha sido ama de casa toda su vida. Va cada día a hacer la compra al mercado de siempre. Conoce a tod@s l@s tender@s y a l@s demás habituales. Tres charcuterías, cuatro fruterías, dos pescaderías, cuatro carnicerías, una panadería, un herbolario, dos ultramarinos y el puesto de los encurtidos al que nunca ha sabido ponerle nombre. La Ley del Mercado hace que todo funcione a la perfección, incluso deja un poco de hueco para hacer vida social, comentar aquello, preguntar por ésto,… ponerse al día.

Nunca ha visto a ese chaval que acaba de llegar. No puede evitar mirarle inquisitiva, tratando de reconocer algún rasgo o gesto. No aparta la mirada ni cuando el chico vuelve la cabeza al sentir el peso de la curiosidad sobre su nuca. Pasan los minutos pero Carmen conoce exactamente en cada momento a quién le toca la vez. Todo va bien hasta que ese chico, el nuevo, trata de colarse. En lugar de quedarse atónita como una principiante, Carmen saca su revolver y lo dispara cuatro veces a bocajarro, siguiendo la caída del infeliz, que no tiene tiempo de reaccionar.

Todo el mundo irrumpe, tras el silencio, en aplausos y vítores. Todo el mundo aclama a Carmen. Ella sin embargo guarda su arma con deliberada lentitud y el gesto impasible, como alerta.

Por dentro Carmen estalla de orgullo. Sabe que un día más La Ley del Mercado es la que manda.

“Es la Ley del Mercado, …nene”

Al compás

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Cerró los ojos. Deseaba, por igual, detener ese preciso momento como abandonarse a él… Algunos segundos después, al tiempo que ella buceaba en unas rítmicas contracciones, su vagina era regada por una lluvia de amor.

¡Vaya Mierda!

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Creo que ese fue el gilipollas que le montó el pollo al Tito por lo de la mierda del perro.

Va el gilipollas y le dice al Tito: “… ¡eh!, tío. Recoge esa hez ¿no?” y el Tito: “¡Te vas a comer dos mierdas!, ¡gilipollas!”… y le tuvo que dar de hostias por gilipollas.