Tranquilo, todo es una pesadilla.

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¡Por fin! Termina la función.

Ha sido un infierno.

Los actores sobreactuában. La trama era burda y sin interés. Los diálogos ortopédicos revelaban una y otra vez su intención y el ingenioso mecanismo desatado en la elección del título.

Dos horas y tres cuartos de aguantarme las arcadas no ha sido nada; ahora es peor.

El director, los actores y demás responsables de tal abominación, son literalmente cubiertos de aplausos. El público emocionado se entrega en bravos y palmas.

Ahora es cuando vienen las preguntas:

¿Forma parte el público del reparto?, ¿estarán en el ajo?.

…y ¿yo?. ¿No estaría mejor durmiendo?

Concluyo: Este espectáculo surreal, que sólo yo parezco contemplar sentado en mi butaca, deseando despertar sobresaltado por mis propios ronquidos, tiene que terminar cuanto antes. De ser posible, ya.

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...¡!...

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